anatomiaDESDE UTOPÍA. Hoy no quiero dar ninguna cifra, ni citar frases de políticos, ni tan siquiera mostrar mi indignación por la manida crisis. Hoy solo quiero escribir de sentimientos. Contar de forma sucinta lo que la amiga de una amiga me ha contado sobre su estado actual de parada mayor de 55 años y de larga duración.

Hoy que casualmente se cumple el tercer aniversario del ERE que llevó al paro a 39 trabajadores del Ayuntamiento de Collado Villalba.

Me cuenta mi amiga que se quedó atónita cuando tras larguísimas y penosas negociaciones, de las que ya prefiere olvidarse, leyó los nombres de los poseedores de la bolita negra que serían despedidos y entre los que se encontraba el suyo propio. Mi amiga dice que la perdonen los otros 38 y los casi 6.000.000 del resto de parados, porque hoy solo quiere hacer una disección de lo que emocionalmente ha supuesto para ella su despido y su situación actual. Piensa que algunos rasgos serán comunes.

Tras los primeros momentos, la esperanza te anima a entablar una lucha que con la distancia sabrás que era tiempo perdido, (lentitud de la justicia y nuevas leyes -reforma laboral- que justifican lo injustificable) pero que te mantiene para dar la cara primeramente hacia tu entorno más cercano ante el que justificar tu despido, porque si te han “echado” todos pensarán que algo habrás hecho, y después ante el círculo que rodea tu vida social, los papás de los amigos de tus hijos, el vecino que ya no te ve salir por las mañanas de casa y otros.

Como su despido se cruza en el tiempo con los despidos de miles de españoles piensa que la generalización de tantos despidos no se debía a la calidad del trabajador, sino a la calidad de jefes y gobernantes, pero aun así no puede dejar de pensar en el estigma del despedido; la educaron y vivió en una sociedad en que el trabajador es honrado y cumplidor y si te despedían, amén de alegar motivos justificados, debía ser probada tu falta de profesionalidad.

El tiempo va pasando y el conflicto laboral que se ha presentado ante los tribunales no se termina de resolver. La certeza de que eres víctima de una injusticia provoca tanta indignación como fuerza para luchar y además pesa la situación económica en la que una indemnización rebajada por las leyes y un paro mermado, no te permiten hacer frente a las obligaciones, que no caprichos, que asumiste cuando tenía un sueldo.

Empiezas a recortar gastos, los seguros, el apoyo extraescolar de tus hijos, los regalos de Reyes, eludes amablemente las reuniones con amigos y anulas las donaciones a ONG entre otras muchas medidas.

El desánimo pesa a la par que la preocupación. No consigues trabajo, intuyes que no lo conseguirás, la realidad es que tu edad y la situación del país harán que no vuelvas a estar activa laboralmente. Y esto provoca una nueva angustia. Demasiado mayor para encontrar trabajo, demasiado joven para jubilarte. Si no puedes cotizar los últimos años, ¿de qué servirán los 33 años que cotizaste? ¿Cómo podrás tener una jubilación medianamente digna?

La situación anímica te pasa factura, y tu familia y amigos empiezan a notar que ya no eres la misma. Tu entorno familiar se resiente porque estás insoportable, irascible y deprimida.

La prestación del paro se ha agotado y ni los juicios ni un nuevo empleo se resuelve. Recortas más gastos, bono social para la electricidad, acudes a los servicios sociales para pagar los libros de texto, pones el coche en venta, no enciendes la calefacción y rezas para que no se te estropee la caldera, que por cierto se estropea, y también acudes al mercadillo de segunda mano a vender recuerdos de viajes y cosas que ahora deben ser prescindibles. Pero sobre todo te desasosiega el futuro de tus hijos y pese a que les has educado en un consumismo racionalizado, su edad y la sociedad que les rodea no les permite encajar razonablemente la nueva situación y tú te desesperas sabiendo que las expectativas que tenías para tus hijos se hacen humo.

Mientras pasas penalidades, y dando gracias, (sabes que otros lo están pasando peor) ya has perdido el contacto con algunos amigos y tu familia tiene que bregar con tu obsesión ya que no paras de maldecir a todos los corruptos que a diario saltan a la palestra, alcaldes incluidos.

Empiezas a sospechar que el estado de aceptación de tu paro te empieza a deprimir seriamente. No sabes cómo vas a salir adelante, perderás esa casa por la que tanto trabajaste, la que pensabas dejar a tus hijos. Gran parte del empuje que siempre tuviste se va diluyendo y el optimismo del que siempre hiciste gala se transforma en pesimismo.

Desde Utopía, le digo a la amiga de mi amiga, que no deje de luchar, que nuestro presente y el futuro de nuestros hijos están en juego y que esta sociedad tiene que saber dar la vuelta a tanta impudicia y que desde luego nos merecemos un país mejor.

Recordar una cita de Doña María Moliner: ”El trabajo es la única dignidad que no me han arrebatado”.

 

NINES BARBERO